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Historias de Granada: Una Venda en los Ojos

Historias de Granada: Una Venda en los Ojos
Rincones
07/11/2016

Parecía que todo se le venía encima cuando le dijeron que la trasladaban. Llevaba 6 años trabajando en Barcelona, donde se mudó después de terminar los estudios en Madrid. Su jefa lo llamó y estuvieron hablando: quería abrir una oficina en Andalucía. Lo tenía todo preparado y sólo le faltaba una cosa: alguien que dirigiera el proyecto desde allí. Una gran oportunidad, eso no podía negarlo, pero la simple idea de irse tan lejos la mareaba un poco. Siempre había preferido las grandes ciudades, por eso había estudiado en Madrid y trabajaba en Barcelona: su movimiento, su estilo, el ambiente despierto y acelerado… Su ritmo frenético siempre le había resultado de lo más estimulante. Definitivamente, no le hacía ninguna gracia mudarse y dejar la gran ciudad atrás, pero pensó que debía hacer de tripas corazón, componer la mejor de sus sonrisas antes de hacer una última pregunta: “¿En qué ciudad vamos a abrir?”

GRANADA
El viaje en coche fue largo y tedioso, sobre todo porque una pregunta bailaba en su cabeza y la atormentó durante todo el camino, “¿Qué tiene de especial?” No dejaba de pensar en todo lo que se iba a perder por alejarse de Barcelona y maldijo por lo bajo mientras observaba la ciudad que se abría ante ella. La única esperanza que le quedaba era que, al menos, la ciudad fuese tan bonita como decían, así podría hacer un poco de turismo y pasear, aunque lo que veía a través de los cristales no invitaba ni al turismo ni al paseo. De mal humor y cansada, llegó a su nueva casa y sin molestarse en deshacer ni una maleta, se tumbó en la cama “Mañana será otro día…”

ALEJANDRO
Tenía una semana entera hasta que la empresa se pusiera en marcha y su jefa le concertó una cita con un amigo que la ayudaría a instalarse. No le apetecía tener que pasar el día con él, estaba muy molesta con la situación, pero le pareció que sería maleducado por su parte y se obligó a poner buena cara. Cinco minutos antes de la hora acordada, bajó al portal y esperó a que llegase. Él llegó tarde y en una moto vieja que parecía a punto de explotar, presentándose con una bonita sonrisa que, en contra del mal humor de Amanda, prometía un día maravilloso.

foto 1

Al principio, Amanda se negó rotundamente a subir en la moto, pero tras la insistencia de Alejandro y, queriendo acabar con aquella situación cuanto antes, subió. Había muchas cosas que no le gustaban de él: su indumentaria, atemporal y sosa, su barba descuidada y, sobre todo, su insolencia. No paraba de llamarla Amy, algo que nunca había hecho nadie y que a ella le resultaba irritante. El paseo por la ciudad fue aburrido, no había nada que la impresionase, ya que todo lo comparaba con su antigua ciudad. Después de callejear y mostrarle dónde estaban algunas cosas indispensables como supermercados, bancos y hospitales, Alejandro aparcó y anunció que seguirían a pie.

UNA VENDA EN LOS OJOS
Amanda caminaba malhumorada, con media cara enterrada en una densa bufanda y maldiciendo el frío que hacía. “Pensaba que al menos haría buena temperatura aquí en el sur…”. Alejandro, consciente de la actitud de Amanda y advertido de ella por su propia jefa, tenía un pequeño plan para demostrarle a la chica lo que se estaba perdiendo. Le costó convencerla de que se pusiera la venda en los ojos, pero ella estaba tan cansada y tan decidida a poner buena cara y acabar cuanto antes, que aquello jugó a su favor.

Tras unos minutos que se le hicieron horas caminando, Alejandro puso las manos sobre los hombros de Amanda para detenerla y descubrirle los ojos.

foto 2

EL AIRE DE GRANADA
Al principio, la luz del sol invernal le hizo parpadear hasta que sus ojos se acostumbraron. Ante ella, se desplegó un abanico de belleza que inundó su vista y su corazón. Detenida sobre el suelo de piedra, se sentía pequeña frente al palacio que se alzaba sobre la colina. No era uno de esos castillos medievales, estáticos e imponentes, sino grácil y elegante, que caía sobre el terreno como oro fundido: adaptándose a su forma y dejando que la profunda y vibrante vegetación lo acariciase con delicadeza. Tras la Alhambra, el manto de nieve blanca cubría las montañas de Sierra Nevada y su color níveo servía como escenario de la maravillosa visión, dándole más luz y protagonismo al palacio. Después del asombro inicial y olvidándose por completo de sus prejuicios, relajó sus sentidos y dejó que absorbieran el instante: el olor dulce de las castañas asadas, el frío cortante de la brisa, que contrastaba con el tibio calorcillo tímido del sol de invierno, el sonido de una guitarra improvisando una melodía que a Amanda le sonó a nostalgia.  

A la hora de comer, se divirtió probando diferentes sabores en tapas acompañadas de deliciosos vinos y disfrutaba del bullicio de las terrazas mientras iban de un bar a otro. Cuando terminaron, reemprendieron su paseo por aquel lugar mágico y lleno de color y el aroma de las castañas se mezcló con el intenso aroma a especias a medida que se acercaban a la Catedral. Las calles que antes no habría querido mirar, ahora parecían sacadas de las Mil y Una Noches: las coloridas telas que había frente a las tiendas se mecían con la brisa formando un cálido arcoíris, al de las especias, se sumó el olor del té y los dulces de miel y almendras, que le volvió a abrir el apetito.

Mientras bebían té sentados en los mullidos cojines, las horas pasaron como segundos. Alejandro le contaba los secretos de la ciudad, le hablaba de los lugares y de la gente, de las costumbres, de sus pueblos y su Costa Tropical. A cada una de sus historias, le correspondían mil preguntas de Amanda y le exigía la promesa de que la llevaría a todos aquellos lugares. Cuando salieron de la tetería, la noche había caído y el viaje de vuelta a casa en moto lo hizo abrazada a él, ya que el frío se hizo protagonista de lo que quedaba de día.

No entró a casa al llegar a su planta. Amanda siguió subiendo hasta la última puerta y buscó en su llavero la pequeña llave que abría la azotea del edificio. Cruzó la oscura superficie hasta llegar al medio muro que la rodeaba, acomodándose su abrigo, pero dejando que el aire frío le diese de lleno en la cara mientras observaba la ciudad que se extendía a sus pies con una sonrisa en los labios.

Aquella ciudad la había embrujado en cuanto se quitó la venda de los ojos.

Por María del Mar Martínez Sánchez

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